Kiki: ¿y quién no tiene una filia sexual?

El siguiente artículo fue originalmente publicado en elmundo.es por Marian Benito.

Nadie podrá negar que Paco León ha librado a los personajes de ‘Kiki, el amor se hace‘ de la bata blanca. Y también a muchos de los miles de espectadores que han visto ya la película y podrían abarrotar las consultas psiquiátricas al sentirse identificados con algunos de los extraños usos amorosos que aparecen en esta película: excitación al ver llorar a una persona, al palpar determinados tejidos, al contemplar a alguien dormido, al hablar de sexo sucio o ante una situación violenta.

Cinco filias que han dado argumento de sobra a León para dirigir su tercera película y al espectador para pensar. Pero, como esas, hay otras 500 rarezas eróticas similares. Eso sin contar con la última en llegar: la robofilia. Según han advertido científicos de la Universidad de Stanford (EEUU), hay personas que se excitan al tocar las partes íntimas de un robot.

En lugar de plantearlas como trastornos, tal y como ha hecho una parte de la Psiquiatría hasta ahora, Paco León ha querido presentar estas singularidades eróticas como parte del patrimonio sexual de casi todo individuo. El sexólogo Juan Lejárraga le da la razón en su blog Héroe de sillón. “Muchos profesionales de la sexología han sido abducidos por la terminología psiquiátrica y sus ansias de patología provocando que algunas personas duden si sufren trastorno mental porque les excitan los pies o una camiseta mojada”.

Da igual que sean hombres o mujeres, vecinos del barrio de Malasaña o de Serrano, seres reales o personajes de ‘Kiki. El amor se hace’. Las filias despliegan el sexo en todas sus variantes imaginables e inimaginables Y este actúa como bálsamo para las angustias que genera el deseo cuando se vive en silencio a causa de esa cuota de extravagancia y rareza. La originalidad de Paco León es presentar esta sexualidad de un modo desternillante, pero sin ofender.

En la película queda claro que no todas las filias son obsesiones que dejan fuera de control a la persona que las vive. En muchas ocasiones, son más bien pensamientos que no se ajustan a lo que cabría esperar. Y esto ocurre también en la vida real. Así, hay quien se excita sexualmente al observar su propia imagen ante el espejo (ipsofilia), con personas que padecen alguna deformación física (dismorfofilia), al desnudarse en la consulta del médico (latrunodia) o al oler una flor (antolagnia). Unas prácticas pueden parecer más estrambóticas, como el balloning, que es el placer sexual que se obtiene viendo mujeres que hinchan globos para después explotarlos y juguetear con ellos. Y otras son demasiado arriesgadas. Por ejemplo, la hipoxifilia, que consiste en impedir la respiración de la pareja o la propia. Pero ¿cuántas merecen un diagnóstico psiquiátrico?

La Asociación de Psiquiatría Americana reconoce que cualquiera puede mostrar cierta excitación hacia un objeto o una situación sin que pueda considerarse parafilia o patología. Tal vez por ello ha suavizado su postura ante la conducta sexual en la última versión de su DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales), considerando trastorno solo si el comportamiento causa malestar a la persona afectada y daño a terceras personas. Según el psiquiatra de la Universidad de Harvard Martin Paul Kafka, las auténticas parafilias son extrañas. “El resto, en realidad, deberían tomarse como peculiaridades eróticas inofensivas”.

Esta tolerancia con la complejidad sexual permite que para tratar como patológica una conducta deberán concurrir estas tres condiciones:

  1. Que la excitación y gratificación sexual dependa directamente de ese objeto o circunstancia que define la parafilia.
  2. Que el deseo sexual ocasione malestar a la persona que sufre la parafilia.
  3. Que sus conductas involucren a otras personas sin su consentimiento o que no están en condiciones de expresar ni consentimiento ni rechazo.

En ‘Kiki’, el amor no se hace bajo ninguno de estos parámetros, sino como resultado de una insólita mezcla de amor, humor y rareza de gente que se divierte de un modo inofensivo. Sus protagonistas empiezan viviendo sus fantasías en silencio, con temor y a la vez como capricho. Temor porque conocen el castigo social de su conducta. Capricho porque son conscientes de que forman parte de su peculiaridad erótica. Ni ellos ni la sociedad están preparados para sacar sus filias, pero Paco León les concede ese permiso.

Cuando al salir del cine se le pregunta al espectador, lo primero que se advierte es que ‘Kiki’ ha conectado con el público. Bien porque comparte esas mismas inquietudes sexuales, bien porque han descubierto esos estímulos tan poco comunes desde el lado erótico, divertido y festivo. De todas las filias de ‘Kiki’, ha llamado especial atención la dacrifilia, una filia, sobre todo masculina, que lleva a excitarse con las lágrimas. El llanto provoca una sensación de placer que puede llevar al orgasmo. No deja de ser una versión del sadismo, ya que el placer llega del dolor de la otra persona aunque para ello necesite hacer daño o humillar hasta que el otro rompe a llorar. Según el psiquiatra Nicola Vativa, aunque la dacrifilia puede ir más allá de las lágrimas, como la caída de una anciana, normalmente los individuos crean ellos mismos la situación, convirtiendo el sexo en una relación de dominio sobre otra persona.

También le aplaudiría a Paco León el doctor californiano Charles Moser, quien ha criticado la carga de sospecha que se vierte sobre un individuo que tiene intereses sexuales poco frecuentes: “Entonces se especula con otros problemas que podrían estar presentes, creando una imprecisión que impide ver que, al menos para una parte de los individuos, sus conductas sexuales específicas son expresiones saludables”. Ahora habría que ver si, más allá del sexo singular de ‘Kiki’, estaríamos dispuestos a ver esta forma de sexo con naturalidad y con esa frescura que destila la película.

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